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‘Tras la indignación’: las señales del 15M

El 15M no fue solo lo que sucedió en la Puerta del Sol y las plazas de muchísimas ciudades españolas. Fue también sus efectos. En Tras la indignación. El 15M: miradas desde el presente (Gedisa), que llega a librerías este lunes 19 de abril, a tiempo para celebrar una década de la primera acampada, 17 autores analizan desde los orígenes del movimiento hasta sus consecuencias, que están muy presentes en la actualidad. El volumen testá coordinado por Cristina Monge (colaboradora de infoLibre), José Ángel Bergua, Jaime Minguijón David Pac y se propone recoger una visión plural de aquella ola de protestas, desde su dimensión local a sus lazos internacionales. Aquí recogemos un extracto de la introducción, firmada por Monge. 

Cuatro señales que emitió el 15M y que han delimitado el perímetro del debate político durante una década

Con objeto de avanzar en el debate, se propone aquí pensar en algunas de las señales que el 15M emitió y analizar, diez años después, qué ha sido de ellas. Sin ánimo de exhaustividad, a lo largo de las siguientes páginas se enumeran algunas de las más relevantes; aquellas que protagonizaron buena parte de los lemas que se oían y se leían en las plazas.

Señal 1: «Entre capullos y gaviotas, nos han tomado por idiotas». Los partidos tradicionales ya no valían.

La señal más nítida que el 15M envió es que los partidos tradicionales no eran ya capaces de satisfacer las necesidades de buena parte de la población. Mayoritariamente de los jóvenes, pero no sólo de los jóvenes. De ahí la emergencia de un nuevo cleavage político sobre la «vieja» y la «nueva» política. Podemos y las candidaturas municipales de 2015 en el ámbito progresista, y Ciudadanos en el conservador, son la consecuencia de aquello que señalaban los indignados: «No nos representan». ¿Quiénes?, ¿los políticos? No. Los partidos que durante más de tres décadas habían protagonizado la vida política española y en medio de una crisis eran incapaces de ofrecer soluciones. Las expectativas depositadas en las nuevas formaciones eran, de esta manera, proporcionales a la desafección que causaban los partidos tradicionales. Y quizá haya que buscar en este elemento algunos de los motivos de su fugacidad.

Diez años después, y como es sabido, a grandes éxitos han seguido descensos bruscos: Podemos alcanzó su mayor triunfo electoral en la repetición de las elecciones generales en junio de 2016, cuando cosechó el 21,5% de los votos. Desde entonces, inició una fase de declive en las urnas que le dejó en un 13% en la repetición electoral de noviembre de 2019, lo que, no obstante, le ha permitido ocupar la vicepresidencia del Gobierno de España y cinco ministerios.

Las candidaturas municipales han tenido también trayectorias distintas. En 2015 consiguieron gobernar los llamados «Ayuntamientos del cambio» en ciudades relevantes como Madrid, Barcelona, Cádiz, Coruña y Zaragoza. Cuatro años después, y con un significante descenso de votos en casi todas ellas, mantienen la alcaldía en Barcelona y Cádiz.

Similar ha sido la trayectoria de Ciudadanos, que, tras un incremento constante de votos, acarició el primer puesto en el espacio conservador en las elecciones de abril de 2019 con un 15,86% de los votos. Siete meses después, y tras la repetición electoral de noviembre, su balance en las urnas era del 6,79%, lo que provocó una enorme crisis que se saldó con la dimisión de su secretario general y el alejamiento de una parte significativa de militantes y simpatizantes.

Señal número 2: «No nos representan». La recuperación de la credibilidad en la democracia pasaba por la participación, la transparencia y la rendición de cuentas de sus principales actores sociales y políticos.

El 15M señaló la necesidad de profundizar en democracia mediante la participación, la transparencia y la rendición de cuentas. Y fue más allá: en línea con lo que Rosanvallon llamaría la «democracia de apropiación», los indignados proponían que estos criterios inundaran todo el espacio público. Diez años después se constata en múltiples estudios que distintos actores sociales y políticos, con más o menos acierto, han ido tomando medidas al respecto, descubriendo tanto su potencial como sus límites.

Los temas que el 15M hizo emerger desde las redes y las plazas acabaron entrando en casi todas las organizaciones políticas, con resultados dispares. Se trata fundamentalmente de procesos de selección de las élites con elecciones primarias o dispositivos similares, la aprobación de códigos éticos, la limitación de mandatos o medidas de transparencia recogidas por los partidos políticos, entre otros asuntos. Parece difícil que estas medidas vayan a retroceder. Cosa distinta será la evaluación de su eficacia y si, efectivamente, han sido instrumentos útiles en lo que se proponían, que no era otra cosa que incrementar la calidad democrática de esas organizaciones. El debate está abierto, y dada la generalizada incorporación de estas dinámicas, seguro que es objeto de atención los próximos años por parte de la sociología y la ciencia política.

Aquí una derivada de las muchas que se plantean: «Las elecciones primarias son aquellas en las que los partidos invitan a sus afiliados, y en ocasiones también a sus simpatizantes, a participar en la selección de sus candidatos a cargos públicos. Las elecciones internas, por otro lado, son aquellas mediante las cuales los afiliados eligen de forma directa a sus principales dirigentes orgánicos. Ambas han llegado para quedarse. Pero, a diferencia de las primeras, las elecciones internas, lejos de representar el ‘triunfo de las bases’ frente a los aparatos, suponen el triunfo del líder (y su equipo) sobre las viejas oligarquías internas, normalmente de corte territorial» (Gómez Yañez y Navarro, 2019).

(…)

Señal número 3: «Me gustas, democracia, pero estás como ausente». Era el momento de poner «la política en el centro».

El 15M señaló también la necesidad de «poner la política en el centro», es decir, de repolitizar la sociedad de forma que fuera la base para un sistema político más democrático. El descubrimiento del potencial transformador de la acción colectiva que supuso el 15M fue un desafío y un cuestionamiento de la máxima neoliberal según la cual no hay alternativa y la Historia ha llegado a su estación término. Sus propuestas iban encaminadas a reducir esta separación y encontrar elementos de coproducción política, aunque este aspecto no contiene una propuesta clara en el discurso subyacente del movimiento ni llega a abordar los detalles de esta coproducción que, como han señalado algunos expertos, genera dudas en cuanto a la identificación de los actores, el papel mediador de la política, o la gestión del disenso, entre otros.

Resulta significativo que, pese a una creciente desconfianza en las instituciones, el interés por la política era ya alto en tiempos del 15M. Hay al menos dos elementos que invitan a pensar que esta repolitización ha perdurado en el tiempo. Por un lado, y pese a una creciente desafección política e incluso dos repeticiones en elecciones generales, se han mantenido niveles de participación electoral similares en las últimas citas con las urnas, incluso se alcanzó la cifra casi récord del 75% en abril de 2019.

Por otro lado, y no por ello menos relevante, hay que subrayar que se han seguido produciendo movilizaciones masivas como las que se han sucedido estos años con motivos como las reivindicaciones feministas o las causas medioambientales, pasando por las derivadas del conflicto nacionalista en Cataluña. Todos estos elementos parecen indicar que la política sigue siendo objeto de interés y atención por parte de la sociedad española en un grado mayor al que podía observarse en los años previos a la crisis.

Al mismo tiempo, y en el seno de Ayuntamientos y Gobiernos autonómicos, han ido viendo la luz en los últimos años espacios de innovación social y política que, inspirados por la idea de coproducción política, intentan acercar los procesos de elaboración de políticas públicas a sectores interesados de la ciudadanía.

Señal 4: «CCOO y UGT no están aquí. Están reunidos con los empresarios». También lo social debía repensarse.

La señal de renovación de las organizaciones que lanzó el 15M no se quedó en los partidos. Se hizo extensiva al conjunto de la población. Tanto, que emergió un nuevo tipo de movilización que podríamos caracterizar como «modelo 15M». Se trata de movimientos que surgen al margen de las estructuras tradicionales, desbordando a las organizaciones sociales que hasta ese momento los pilotaban, con picos muy altos de participación, recogiendo un amplio espectro social que les da transversalidad, organizados en red y con un importante uso de las tecnologías de la información y la comunicación.

Son movimientos como el 8M de los últimos tres años, la movilización de los jubilados, o el más reciente contra el cambio climático liderado por los jóvenes. En definitiva, un modelo difuso y líquido, con fuertes impactos mediáticos concentrados en el tiempo, pero con serias dificultades a la hora de mantener y estabilizar su actividad.

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