Lo único sagrado para quienes no tenemos la suerte de creer en divinidades, pero sí en la democracia, son los impuestos. Parecerá poco espiritual, pero es a todas luces trascendente. De ellos depende que pueda recibir quimioterapia quien se ve sorprendido por un cáncer, que la educación pública sea un igualador de oportunidades o que la carretera por donde usted conducirá para ir a su lugar de vacaciones esté bien señalizada y evite accidentes mortales. Por eso escándalos de corrupción como los que hemos conocido esta semana –presuntamente– alrededor del ex-ministro de Hacienda Cristóbal Montoro representan la peor de las corrupciones posibles.
Con sus acuerdos con las empresas, el ex-ministro y su equipo –presuntamente– favorecían, previo pago, a sus clientes, y con ello, estaban, de facto, negando una beca de comedor a una familia sin recursos, dejando sin máquina de diálisis a un enfermo de riñón o recortando el presupuesto…
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