Créanme que lo menos apetecible para un verano es escribir una serie de artículos sobre corrupción. Si lo hago —ya me perdonarán, comprensivos lectores y lectoras—, no es sólo por la actualidad que no cesa, sino porque la corrupción es corrosivo puro para las democracias. Sólo hay que acudir a la etimología: la palabra «corrupción» proviene del latín «corruptio», que a su vez deriva del verbo «rumpere», que significa romper o quebrar. Y es que, en efecto, la corrupción corroe, rompe y quiebra la democracia, así que, con el sosiego que da mirar la realidad desde la distancia, permítanme dedicar esta columna de los lunes de agosto a intentar entender y ser conscientes de lo que nos jugamos.
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¡En Alemania pillan a un ministro con plagios en su tesis doctoral y dimite!, se escuchaba hace unos años en España con cierta mezcla de admiración, envidia y anhelo de unos estándares morales supuestamente superiores a los nuestros. Hoy es aquí donde cargos públicos dimiten cuando se desvela que mentían en sus currículos…..
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