El campo en la encrucijada
El actual sistema agroalimentario sigue dando muestras de su fallido funcionamiento. Cada vez más global, complejo e interdependiente y, a la vez, más vulnerable al cambio climático o a diferentes crisis (pandemias, conflictos bélicos, incremento del precio de los alimentos), como las que hemos vivido en los últimos tiempos. Se trata de un sistema que fomenta una agricultura y ganadería industrializada basada en combustibles fósiles e insumos químicos, como los plaguicidas y los fertilizantes, el consumo excesivo de un agua cada vez más escasa, mano de obra precarizada o materias primas baratas importadas de terceros países, que no siempre cumplen los mismos requisitos legales que se exigen a nuestras producciones.
Un modelo que demanda alimentos baratos y desestacionalizados, que poco tiene que ver con dietas sostenibles, como la mediterránea, recomendadas por los expertos en salud. Y que lleva al límite a productores y naturaleza, en aras de “alimentar al mundo”, mientras un tercio de los alimentos acaban en la basura. Un modelo que genera injusticias, desigualdades e incoherencias, dentro y fuera de nuestras fronteras, y se ve incapaz de dar respuesta a los urgentes retos económicos, sociales y ambientales a los que se enfrenta: por un lado, la subida imparable del precio de los alimentos, sin que beneficie necesariamente a los agricultores, y de los costes de producción; por otro, el efecto de la sequía, especialmente sobre secanos y pastos -agravada por la sobreexplotación de ríos y acuíferos de la producción agroindustrial- y el impacto ya visible del cambio climático. En este contexto, pierde en especial la agricultura y ganadería ecológica familiar. Fincas de alto valor social, que producen alimentos cuidando de las personas y de la naturaleza y que abandonan su actividad por la falta de apoyo público adecuado. Con una Política Agraria Común (PAC) que sigue repartiendo la mayor parte de sus fondos entre grandes explotaciones y de carácter industrial, con sus beneficiarios residiendo en grandes capitales, donde poca superficie cultivada hay. Estos otros modelos ambiental y socialmente sostenibles no pueden competir en las mismas condiciones con las producciones industriales low cost, en un mercado que prima precio frente a sostenibilidad.
Frente a esta realidad proponemos,
autocrítica, honestidad y compromiso
Autocrítica, para reconocer nuestra impotencia porque una de las ideas que abanderamos desde prácticamente todas las ONG que trabajamos en agricultura no llegue al conjunto de la sociedad: la necesidad de que las personas que trabajan el campo respetuosamente tengan un precio justo por sus producciones y una calidad de vida digna en los pueblos.
Honestidad, la que pedimos a la clase política y a determinados representantes del agro, para evitar el discurso de confrontación y las falsas dicotomías. En especial aquella que promulga que, para salir de la encrucijada actual, hay que escoger entre economía y ecología. Cualquier actividad socioeconómica, pero especialmente la agricultura y la ganadería, depende del buen estado de los ecosistemas. Conservar el patrimonio natural y adaptarse al cambio climático es una cuestión de supervivencia, no se pueden producir alimentos al margen de la naturaleza. Y promulgar lo contrario, vendiendo falsas soluciones basadas en nuevas infraestructuras, como nuevos embalses o trasvases, no harán sino agravar la situación actual.
Y el compromiso por seguir trabajando por un futuro mejor para estas fincas que dan vida a nuestros pueblos y que nos permiten ser soberanos en nuestros campos y nuestras mesas. Un futuro que aún podemos construir entre todos, en alianza. Alianzas para consensuar con organizaciones agrarias, de consumidores, de mujeres rurales…, desde todos los ángulos que conforman el sistema alimentario.
Si nos importa el campo, hablemos
Desde WWF España vivimos, de nuevo, con preocupación las movilizaciones del campo europeo y manifestamos nuestro compromiso con el sector agrario y el medio rural pidiendo…..
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