Malestares y descontentos recorren nuestras democracias desde hace décadas. Los primeros signos se percibieron ya a finales del siglo XX cuando la globalización iba poniendo de manifiesto las dificultades para encajar con la democracia y la soberanía, como señaló pocos años después Dani Rodrik en su famoso trilema. El sistema soviético había caído, el capitalismo parecía incuestionable e ingobernable y la democracia liberal la seña de identidad de Occidente que ponía fin a la Historia, en palabras de Fukuyama -de las que luego él mismo se arrepentiría-. Reagan y Thatcher lo sentenciaron en un acrónimo que hoy parece instalado en el sistema operativo de nuestras sociedades: TINA. There is no alternative, no hay alternativa. Con todo, aparecieron los primeros movimientos de impugnación, como el “Argentinazo”, en reacción al corralito impuesto por el gobierno de De la Rúa.
Los descontentos fueron en aumento, con oscilaciones en función de cada país, hasta que pocos años después la crisis financiera de 2008 y la forma de gestionarla -”austericidio” se llamó en Europa- insuflaron nuevos bríos al descontento. Los indignados en España, La Nuit Debout en Francia, Ocuppy Wall Street en EEUU, #YoSoy132 en México, los acampados en Chile… En todos subyacía un grito: “no nos representan”…..
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