Las campañas en toda Europa de cara a las elecciones europeas de este año fueron un recordatorio de aquello que distingue a nuestra Unión. Casi 500 millones de personas con unas culturas tan dispares, unas historias tan complejas y unas perspectivas tan diferentes se reunieron para expresar su deseo de disfrutar de una Unión de veintisiete países. Al emitir su voto, también contribuyen a construir una identidad europea compartida, todo ello unido por nuestro rico y variado mosaico cultural. Esta es la mayor fortaleza de Europa y hace que Europa sea más que un constructo o un proyecto.
Europa es nuestro hogar: extraordinaria por su diseño y unida en la diversidad. Tanto el número récord de ciudadanos que votaron por primera vez como aquellos que han votado en todas las elecciones europeas expresaron sus esperanzas y aspiraciones en relación con un futuro más saludable y próspero. Sin embargo, también señalaron que nos encontramos en una era marcada por la ansiedad y la incertidumbre.
Los europeos tienen serias dudas y preocupaciones respecto a las inestabilidades e inseguridades a las que nos enfrentamos: desde el coste de la vida, la vivienda y la actividad empresarial hasta la manera en que se tratan cuestiones como la migración; desde la seguridad interior hasta las guerras en Ucrania y Oriente Próximo. También les preocupa que a menudo Europa no actúe lo suficientemente rápido, que pueda ser demasiado distante o gravosa.
Todas estas expectativas y preocupaciones son reales y legítimas y se les debe dar respuesta. Por esta razón, creo que es esencial que el centro democrático en Europa resista. Sin embargo, para que este centro resista, debe estar a la altura de las preocupaciones y los retos a los que se enfrentan las personas en su día a día. De no hacerlo, se alimentaría el resentimiento y la polarización, y se allanaría el terreno a quienes difunden soluciones simplistas con el objetivo de desestabilizar nuestras sociedades.
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